LA CARIDAD, REINA DE LAS VIRTUDES
A propósito de los cien años del nacimiento de la Madre Teresa de Calcuta he querido reflexionar acerca de la caridad cristiana… y es que hablar de la caridad es hablar del amor en su máxima expresión. La caridad, como escribía san Pablo, es la mayor de las virtudes teologales. Sabemos que las virtudes ayudan a los hombres a conseguir su plenitud, pero es en función de la caridad y a través de ella que debemos canalizar toda nuestra existencia, si deseamos realizar una ofrenda perfecta a Dios. La caridad es la virtud que da sentido a todas las demás virtudes, es la forma, el fundamento, la raíz y la madre de todas las demás virtudes. Sin caridad no hay virtudes auténticas. Es la que nos conduce a amar a los demás hombres sin excepción como a nosotros mismos, buscando de manera habitual el bien de pensamiento, actitudes, palabras y acciones, traduciéndolo en acciones concretas de servicio a los demás. La caridad es el centro, la esencia y la perfección de cualquier vida cristiana, ya que en la práctica de la caridad se condensan todas las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. Muchos piensan que amar a los hombres es tener caridad, pero no es así. Se debe en primer lugar examinar la fuerza misma de ese amor, ya que la caridad verdadera es amar a los hombres “por Dios”, y muchos piensan que son “caritativos” por amar al prójimo sin tener la perspectiva divina… eso no es caridad. Como decía San Gregorio Magno: “Es caridad verdadera cuando se ama al amigo en Dios y al enemigo en Dios”. Pero no debemos olvidar otra virtud que es inseparable de la caridad: la humildad. Como escribió San Agustín: “La morada de la caridad es la humildad”. Estas dos virtudes son tan indivisibles y tan inseparables, que quien se establece en una de ellas, de la otra forzosamente se adueña, porque así como la humildad es una parte de la caridad, así la caridad es una parte de la humildad. Esto lo practicó la Madre Teresa de Calcuta, humildad y caridad la caracterizaron a ella y a su congregación difundida por todo el mundo, atendiendo los rostros de Cristo enfermos, abandonados, desechados por la sociedad. Esta dualidad humildad-caridad la llevó a la entrega y al abandono total en Dios, expresada muy a menudo con esta frase: “Dios es infinitamente bueno, siempre se preocupa de nosotras”. Finalmente pidamos a Dios como aprender a amar, así como lo expresó la Madre Teresa de Calcuta: “Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida; Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua; Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor. Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo; Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro; Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado. Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos; Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos. Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión; Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender; Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona. Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos; Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo”. Amén.
viernes, 10 de septiembre de 2010
La Luz de la Verdad
IGLESIA, SOCIEDAD Y POLITICA
Es frecuente oír que la Iglesia no debe mezclarse es asuntos de la vida social y política de un país. En muchas oportunidades se critica a los Obispos al pronunciarse por tal o cual acontecimiento que influye en la vida cotidiana de los ciudadanos. El Presidente del Concilio Plenario de Venezuela, Mons. Ovidio Pérez Morales, recordó en el año 2007 que “Si la política se entiende como aquello que tiene que ver con el bien común de una sociedad, de una comunidad, entonces inevitablemente, el Evangelio, el cristiano, la Iglesia tiene que ver con la política, con la convivencia, con lo problemas de la paz, de la justicia, de la verdad”. “Prohibirle a la Iglesia dar su opinión sobre política sería expatriarla del mundo donde vive". Estas palabras están enmarcadas perfectamente en la Doctrina Social de la Iglesia que no es más que un conjunto de principios morales, de principios de acción y normas de juicio, abiertas a múltiples concreciones en la vida social. Se ayuda de todo lo positivo de las ciencias sociológicas, pero las transciende al dar juicios éticos y morales que provienen de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia. La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social, un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres y no está de acuerdo con el punto de vista que quiere reducir la fe cristiana al ámbito puramente privado. Organizar la vida social sin Dios es organizarla en contra los verdaderos valores e intereses humanos. En el Vaticano II, la Constitución “Gaudium et spes”, nos habla de la necesidad de evitar la dicotomía entre la fe y la actividad social, y nos recuerda que la fe nos debe llevar precisamente a un cumplimiento más perfecto de nuestro compromiso en este mundo. El profeta Isaías declaró la necesidad de ayudar a los pobres y oprimidos, base fundamental de todo acto de culto. En el Nuevo Testamento Jesús habló contra los que se contentaban con la observancia exterior de las normas de la religión, sin ayudar a los demás. Por eso, el Vaticano II declara que, “El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”. En su primera encíclica, “Redemptor hominis”, Juan Pablo II decía que “el hombre es el primer camino de la Iglesia”, y la vuelve a recordar al final de su última encíclica social “Centesimus annus” cuando trata de la responsabilidad que la Iglesia tiene para ayudar a los hombres a ordenar mejor sus vidas terrenas, cuando expresa que “la Iglesia no puede abandonar al hombre”. La Iglesia ofrece un aporte valioso que puede servir para fomentar el bien común, que se debe entender como material y espiritual a la vez. No por eso se debe pensar que la Iglesia puede suplir las funciones civiles del Estado. Pero la diferenciación de funciones entre el Estado y la Iglesia no implica que la Iglesia sea ajena a las cuestiones sociales y políticas.
Es frecuente oír que la Iglesia no debe mezclarse es asuntos de la vida social y política de un país. En muchas oportunidades se critica a los Obispos al pronunciarse por tal o cual acontecimiento que influye en la vida cotidiana de los ciudadanos. El Presidente del Concilio Plenario de Venezuela, Mons. Ovidio Pérez Morales, recordó en el año 2007 que “Si la política se entiende como aquello que tiene que ver con el bien común de una sociedad, de una comunidad, entonces inevitablemente, el Evangelio, el cristiano, la Iglesia tiene que ver con la política, con la convivencia, con lo problemas de la paz, de la justicia, de la verdad”. “Prohibirle a la Iglesia dar su opinión sobre política sería expatriarla del mundo donde vive". Estas palabras están enmarcadas perfectamente en la Doctrina Social de la Iglesia que no es más que un conjunto de principios morales, de principios de acción y normas de juicio, abiertas a múltiples concreciones en la vida social. Se ayuda de todo lo positivo de las ciencias sociológicas, pero las transciende al dar juicios éticos y morales que provienen de la Sagrada Escritura y la tradición de la Iglesia. La Iglesia, experta en humanidad, ofrece en su doctrina social, un conjunto de principios de reflexión, de criterios de juicio y de directrices de acción para que los cambios en profundidad que exigen las situaciones de miseria y de injusticia sean llevados a cabo, de una manera tal que sirva al verdadero bien de los hombres y no está de acuerdo con el punto de vista que quiere reducir la fe cristiana al ámbito puramente privado. Organizar la vida social sin Dios es organizarla en contra los verdaderos valores e intereses humanos. En el Vaticano II, la Constitución “Gaudium et spes”, nos habla de la necesidad de evitar la dicotomía entre la fe y la actividad social, y nos recuerda que la fe nos debe llevar precisamente a un cumplimiento más perfecto de nuestro compromiso en este mundo. El profeta Isaías declaró la necesidad de ayudar a los pobres y oprimidos, base fundamental de todo acto de culto. En el Nuevo Testamento Jesús habló contra los que se contentaban con la observancia exterior de las normas de la religión, sin ayudar a los demás. Por eso, el Vaticano II declara que, “El cristiano que falta a sus obligaciones temporales, falta a sus deberes con el prójimo; falta, sobre todo, a sus obligaciones para con Dios y pone en peligro su eterna salvación”. En su primera encíclica, “Redemptor hominis”, Juan Pablo II decía que “el hombre es el primer camino de la Iglesia”, y la vuelve a recordar al final de su última encíclica social “Centesimus annus” cuando trata de la responsabilidad que la Iglesia tiene para ayudar a los hombres a ordenar mejor sus vidas terrenas, cuando expresa que “la Iglesia no puede abandonar al hombre”. La Iglesia ofrece un aporte valioso que puede servir para fomentar el bien común, que se debe entender como material y espiritual a la vez. No por eso se debe pensar que la Iglesia puede suplir las funciones civiles del Estado. Pero la diferenciación de funciones entre el Estado y la Iglesia no implica que la Iglesia sea ajena a las cuestiones sociales y políticas.
La Luz de la Verdad
IGLESIA PERSEGUIDA
Todos somos testigos de cómo a nuestra Iglesia se le ataca desde y por todos los frentes. Y algunos se preguntarán ingenuamente ¿y es que la Iglesia tiene enemigos? Pues sí, y es inevitable mencionar al principal, me refiero claro está al demonio. Ya en el libro del Génesis lo encontramos tratando de enfrentar a las criaturas con su Creador utilizando todo tipo de argumentos y artimañas, y continuará con esta labor a lo largo de toda la historia, cambiando de contexto, herramientas y falsedades, pero con el mismo objetivo. Él siempre estará detrás de los ataques a la Iglesia, vengan de donde vengan, aunque a veces tan sutilmente que será prácticamente inapreciable para nuestro limitado entendimiento. No obstante, los ataques llevados a cabo abiertamente contra la Iglesia los podemos encontrar ya desde los tiempos de Jesús, y las razones que los originaron siguen siendo las mismas o muy parecidas. Desde que Cristo fundó a su Iglesia, hace más de dos mil años, ha sido combatida, perseguida, y denigrada en todos los tiempos. La maledicencia, la espada y la pluma en cualquier país y en todas las épocas la han cargado contra la iglesia. El hecho de que siga viva constituye un verdadero milagro digno de consideración. En estos días, los enemigos de Cristo han desatado sus iras y ataques contra la Iglesia Católica a nivel universal, la consideran el enemigo a batir. Los primeros en perseguirla fueron algunos grupos judíos, posteriormente la persecución se agravó aún más, bajo el Imperio Romano y a continuación por los llamados pueblos bárbaros, algunos de los cuales habían abrazado las herejías contrarias a las verdades proclamadas por la Iglesia. Sanguinaria fue también la persecución sufrida bajo la dominación islámica, y no podemos olvidar los ataques sufridos por los católicos a manos de grupos fanáticos pertenecientes a la mal llamada reforma protestante: luteranos, calvinistas, anglicanos, entre otros. Durante el siglo XVIII, surge un movimiento filosófico y literario llamado “Ilustración”, cuya característica principal era la extrema confianza en la razón natural para resolver, sin ayuda de Dios, todos los problemas de la vida humana. El hombre ilustrado, deslumbrado por todos los avances de la ciencia, pensó que no había otra realidad que la material; y dejándose impregnar por el materialismo, decidió que debía acabar con la religión, considerándola causante de todos los males de la Humanidad. Uno de los máximos representantes de esta nueva mentalidad fue Voltaire, en cuyos escritos podemos encontrar feroces ataques a la Iglesia y ridiculizaciones de los aspectos sagrados de nuestra religión, denominándola “la infame”.
En 1789 al estallar la Revolución Francesa, se desencadenó una persecución tan cruel como la desatada por el Imperio Romano. Entre los abanderados de esta persecución, cuya intención última era el exterminio de todo lo cristiano y su sustitución por la diosa Razón, estaban los llamados “sans culottes”, los jacobinos, responsables directos de los asesinatos masivos de católicos, de las numerosas destrucciones de iglesias y todo tipo de objetos religiosos. Luego de esta revolución surgen algunos pensadores que predican la “no existencia de Dios” (Feuerbach), la “muerte” de Dios (Nietzsche) y la religión como “el opio de los pueblos” (Marx). A principios del siglo XX, Freud pensaba en Dios como una proyección de la debilidad humana que busca la figura del Padre protector y amenazante; y Sartre percibía a Dios como “una contradicción y una limitación intolerable de la auténtica libertad humana”. Ahora, en épocas actuales, se excusan en el pretexto de los pecados de pederastia de algunos sacerdotes, además de considerarla conspiradora de los gobiernos de turno… ¿Por qué ahora? Los casos de pedofilia (graves, inaceptables y criminales como ha reconocido el Papa), los pedófilos, los niños y jóvenes abusados y los sacerdotes que han incurrido en estas faltas importan muy poco o nada a estos enemigos. Ellos dirigen sus flechas hacia lo alto. El blanco verdadero es destruir al Santo Padre y a la Iglesia, que incomoda a los defensores de la cultura de la muerte (aborto, eutanasia, uniones homosexuales, injusta distribución de la riqueza, exclusión y pare de contar), por su defensa de la vida, de la familia, de la justicia y de la paz. Los enemigos de la Iglesia magnifican estos errores humanos y hasta los colocan por encima de los pecados de políticos, jueces, gobernantes y artistas, cuyas consecuencias han llegado inclusive a desencadenar guerras, persecuciones, muerte y destrucción. Muchos de estos personajes hasta han sido beneficiados con amnistías y sobreseimientos de sus causas por el bien de la paz! Por tanto, queridos hermanos, no es de extrañarse que la Iglesia sea el objetivo de tantos y tan diversos ataques, pero sí debemos prepararnos para repelerlos de la mejor manera posible, eso sí, sin olvidar que nuestros perseguidores y agresores no son sino nuestros propios hermanos, que como decía nuestro Señor Jesucristo: “…No saben lo que hacen”.
Todos somos testigos de cómo a nuestra Iglesia se le ataca desde y por todos los frentes. Y algunos se preguntarán ingenuamente ¿y es que la Iglesia tiene enemigos? Pues sí, y es inevitable mencionar al principal, me refiero claro está al demonio. Ya en el libro del Génesis lo encontramos tratando de enfrentar a las criaturas con su Creador utilizando todo tipo de argumentos y artimañas, y continuará con esta labor a lo largo de toda la historia, cambiando de contexto, herramientas y falsedades, pero con el mismo objetivo. Él siempre estará detrás de los ataques a la Iglesia, vengan de donde vengan, aunque a veces tan sutilmente que será prácticamente inapreciable para nuestro limitado entendimiento. No obstante, los ataques llevados a cabo abiertamente contra la Iglesia los podemos encontrar ya desde los tiempos de Jesús, y las razones que los originaron siguen siendo las mismas o muy parecidas. Desde que Cristo fundó a su Iglesia, hace más de dos mil años, ha sido combatida, perseguida, y denigrada en todos los tiempos. La maledicencia, la espada y la pluma en cualquier país y en todas las épocas la han cargado contra la iglesia. El hecho de que siga viva constituye un verdadero milagro digno de consideración. En estos días, los enemigos de Cristo han desatado sus iras y ataques contra la Iglesia Católica a nivel universal, la consideran el enemigo a batir. Los primeros en perseguirla fueron algunos grupos judíos, posteriormente la persecución se agravó aún más, bajo el Imperio Romano y a continuación por los llamados pueblos bárbaros, algunos de los cuales habían abrazado las herejías contrarias a las verdades proclamadas por la Iglesia. Sanguinaria fue también la persecución sufrida bajo la dominación islámica, y no podemos olvidar los ataques sufridos por los católicos a manos de grupos fanáticos pertenecientes a la mal llamada reforma protestante: luteranos, calvinistas, anglicanos, entre otros. Durante el siglo XVIII, surge un movimiento filosófico y literario llamado “Ilustración”, cuya característica principal era la extrema confianza en la razón natural para resolver, sin ayuda de Dios, todos los problemas de la vida humana. El hombre ilustrado, deslumbrado por todos los avances de la ciencia, pensó que no había otra realidad que la material; y dejándose impregnar por el materialismo, decidió que debía acabar con la religión, considerándola causante de todos los males de la Humanidad. Uno de los máximos representantes de esta nueva mentalidad fue Voltaire, en cuyos escritos podemos encontrar feroces ataques a la Iglesia y ridiculizaciones de los aspectos sagrados de nuestra religión, denominándola “la infame”.
En 1789 al estallar la Revolución Francesa, se desencadenó una persecución tan cruel como la desatada por el Imperio Romano. Entre los abanderados de esta persecución, cuya intención última era el exterminio de todo lo cristiano y su sustitución por la diosa Razón, estaban los llamados “sans culottes”, los jacobinos, responsables directos de los asesinatos masivos de católicos, de las numerosas destrucciones de iglesias y todo tipo de objetos religiosos. Luego de esta revolución surgen algunos pensadores que predican la “no existencia de Dios” (Feuerbach), la “muerte” de Dios (Nietzsche) y la religión como “el opio de los pueblos” (Marx). A principios del siglo XX, Freud pensaba en Dios como una proyección de la debilidad humana que busca la figura del Padre protector y amenazante; y Sartre percibía a Dios como “una contradicción y una limitación intolerable de la auténtica libertad humana”. Ahora, en épocas actuales, se excusan en el pretexto de los pecados de pederastia de algunos sacerdotes, además de considerarla conspiradora de los gobiernos de turno… ¿Por qué ahora? Los casos de pedofilia (graves, inaceptables y criminales como ha reconocido el Papa), los pedófilos, los niños y jóvenes abusados y los sacerdotes que han incurrido en estas faltas importan muy poco o nada a estos enemigos. Ellos dirigen sus flechas hacia lo alto. El blanco verdadero es destruir al Santo Padre y a la Iglesia, que incomoda a los defensores de la cultura de la muerte (aborto, eutanasia, uniones homosexuales, injusta distribución de la riqueza, exclusión y pare de contar), por su defensa de la vida, de la familia, de la justicia y de la paz. Los enemigos de la Iglesia magnifican estos errores humanos y hasta los colocan por encima de los pecados de políticos, jueces, gobernantes y artistas, cuyas consecuencias han llegado inclusive a desencadenar guerras, persecuciones, muerte y destrucción. Muchos de estos personajes hasta han sido beneficiados con amnistías y sobreseimientos de sus causas por el bien de la paz! Por tanto, queridos hermanos, no es de extrañarse que la Iglesia sea el objetivo de tantos y tan diversos ataques, pero sí debemos prepararnos para repelerlos de la mejor manera posible, eso sí, sin olvidar que nuestros perseguidores y agresores no son sino nuestros propios hermanos, que como decía nuestro Señor Jesucristo: “…No saben lo que hacen”.
La Luz de la Verdad
MÚSICOS CATÓLICOS
En el año 1988, el Papa Juan Pablo II decía al coro "Harmonici Cantores" que "La música desempeña, entre las manifestaciones del espíritu humano, una función elevada, única e insustituible. Cuando ésta es realmente bella e inspirada, nos habla, incluso más que todas las demás artes, de la bondad, de la virtud, de la paz, de las cosas santas y divinas. Y no en vano ha sido y será siempre parte esencial de la liturgia, como podemos deducir de las tradiciones litúrgicas de los pueblos cristianos de cada continente". Y es que la creación artística, cuando es vivida como auténtica búsqueda de la verdad y la belleza, es una profunda y activa participación en el proyecto creador de Dios. Ya lo decía San Agustín: “...Es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo”. El canto sagrado sea popular o clásico forma la asamblea cristiana, le ayuda a descubrir su alma común, canta como si fuese una persona. El Espíritu Santo hace que todas las voces, aunque diferentes entre sí, como las cuerdas de una guitarra, se unan en alabanza unísona al Padre Creador, al Hijo Redentor y al Espíritu santo Santificador. En esta época, en la cual surgen nuevas manifestaciones musicales para la alabanza litúrgica, cabe mencionar que nosotros (los músicos católicos) debemos centrarnos en nuestra identidad de católicos, valga la redundancia. Es frecuente escuchar música de intérpretes no católicos en celebraciones litúrgicas (y no estoy en contra de ello, en nuestro coro también las interpretamos); pero debemos preservar nuestra idiosincrasia católica, con cantos a la Eucaristía, a la Virgen María, a los tiempos litúrgicos. En la actualidad existen buenos músicos católicos, tal es el caso de Martín Valverde, Nana Nagarita, Luis Enrique Ascoy, Daniel Poli, Hermana Glenda, Padre Marcelo Rossi, Silvia Mariela, Luis Alfredo, Isadora, Marcos López, Cristobal Fones, Kiki Troia, Sara Torres, Sandy Caldera, Jon Carlo, Rafael Moreno, Alfareros, Río Poderoso, entre muchos; y en el caso de Venezuela tenemos al Padre Chávez, Cristian Pernía, el Padre Pedro Terán, Comunidad “Jesús es Señor”. También es sabido que conseguir música de estos intérpretes no es fácil (Internet es una buena fuente), pero debemos hacer el esfuerzo por enriquecer nuestro repertorio de canciones que nos identifiquen como católicos. Por medio de esta columna pongo al servicio mis archivos de música católica y recuerden que según el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1156 dice: “La composición y el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia continúa y desarrolla esta tradición”. Alabado sea Jesucristo… Amén
En el año 1988, el Papa Juan Pablo II decía al coro "Harmonici Cantores" que "La música desempeña, entre las manifestaciones del espíritu humano, una función elevada, única e insustituible. Cuando ésta es realmente bella e inspirada, nos habla, incluso más que todas las demás artes, de la bondad, de la virtud, de la paz, de las cosas santas y divinas. Y no en vano ha sido y será siempre parte esencial de la liturgia, como podemos deducir de las tradiciones litúrgicas de los pueblos cristianos de cada continente". Y es que la creación artística, cuando es vivida como auténtica búsqueda de la verdad y la belleza, es una profunda y activa participación en el proyecto creador de Dios. Ya lo decía San Agustín: “...Es nuestra vida, más que nuestra voz, la que debe cantar el cántico nuevo”. El canto sagrado sea popular o clásico forma la asamblea cristiana, le ayuda a descubrir su alma común, canta como si fuese una persona. El Espíritu Santo hace que todas las voces, aunque diferentes entre sí, como las cuerdas de una guitarra, se unan en alabanza unísona al Padre Creador, al Hijo Redentor y al Espíritu santo Santificador. En esta época, en la cual surgen nuevas manifestaciones musicales para la alabanza litúrgica, cabe mencionar que nosotros (los músicos católicos) debemos centrarnos en nuestra identidad de católicos, valga la redundancia. Es frecuente escuchar música de intérpretes no católicos en celebraciones litúrgicas (y no estoy en contra de ello, en nuestro coro también las interpretamos); pero debemos preservar nuestra idiosincrasia católica, con cantos a la Eucaristía, a la Virgen María, a los tiempos litúrgicos. En la actualidad existen buenos músicos católicos, tal es el caso de Martín Valverde, Nana Nagarita, Luis Enrique Ascoy, Daniel Poli, Hermana Glenda, Padre Marcelo Rossi, Silvia Mariela, Luis Alfredo, Isadora, Marcos López, Cristobal Fones, Kiki Troia, Sara Torres, Sandy Caldera, Jon Carlo, Rafael Moreno, Alfareros, Río Poderoso, entre muchos; y en el caso de Venezuela tenemos al Padre Chávez, Cristian Pernía, el Padre Pedro Terán, Comunidad “Jesús es Señor”. También es sabido que conseguir música de estos intérpretes no es fácil (Internet es una buena fuente), pero debemos hacer el esfuerzo por enriquecer nuestro repertorio de canciones que nos identifiquen como católicos. Por medio de esta columna pongo al servicio mis archivos de música católica y recuerden que según el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 1156 dice: “La composición y el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia continúa y desarrolla esta tradición”. Alabado sea Jesucristo… Amén
domingo, 5 de septiembre de 2010
Columna "LA LUZ DE LA VERDAD"
LA SANTIDAD DEL VENERABLE
Hace muchos años escuché lo siguiente: “Para ser santo no hace falta hacer cosas extraordinarias, sino hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien”. Esa frase me marcó y es que la santidad no es más que apartarse del pecado y vivir según la voluntad de Dios. A nadie le debe caber la duda que el Venerable José Gregorio Hernández es un SANTO, y lo escribo en mayúsculas, porque él encaja perfectamente en el enunciado antes mencionado. Según su biografía era un hijo ejemplar, estudioso, amoroso y obediente con sus padres, siempre quiso hacer la voluntad de Dios (virtud enseñada por su madre Doña Josefa). Su intento fallido de ser religioso lo llevó a exigirse a lo máximo en cuanto al servicio a los demás. Cumplidor a cabalidad de su profesión como médico y profesor universitario, investigador incansable. La muerte lo sorprende en un acto de caridad. Oración y caridad son pilares fundamentales para la salvación, y él lo hizo de manera callada, sin sobresaltos, sin publicidad, entendiendo que hacía la voluntad del Padre. Siguió al pie de la letra las palabras de Jesús: “Sean santos como mi Padre del cielo”, viviendo una vida sacramental. “Ora et labora” como el lema de San Benito de Nursia, dispuesto del corazón que lo hizo humilde y pequeño en los brazos de Dios, confiando en su bondad paternal como Santa Teresita de Lesieux. Modelo para nosotros lo católicos que andamos buscando lo extraordinario, en vez de seguir sus pasos, y como dice el Padre Emiro Suárez: “Si él pudo, yo también”. Con el Bautismo todos somos llamados a la santidad, que es la presencia de Dios reinando en el corazón del creyente, participando de las gracias necesarias que proceden de los méritos de Jesucristo, mediante el sacramento de la Iglesia. La Santidad es obra de Jesús pero Él no se impone, requiere de la respuesta libre del hombre. Quien ama a Dios desea responderle con todo el corazón, se esfuerza y persevera con la ayuda de la gracia para vencer las tentaciones que ofrece el mundo. Sigamos pues, con paciencia y perseverancia orando por la pronta beatificación del Venerable José Gregorio Hernández, para que de manera oficial la Iglesia declare lo que ya en nuestro corazón es una verdad: que él haciendo las cosas ordinarias extraordinariamente bien, pudo vivir una vida identificada con su Salvador, y que forma parte de esa Iglesia triunfante que alaba y bendice a Dios por la eternidad, junto a los ángeles y los demás santos.
Hace muchos años escuché lo siguiente: “Para ser santo no hace falta hacer cosas extraordinarias, sino hacer las cosas ordinarias extraordinariamente bien”. Esa frase me marcó y es que la santidad no es más que apartarse del pecado y vivir según la voluntad de Dios. A nadie le debe caber la duda que el Venerable José Gregorio Hernández es un SANTO, y lo escribo en mayúsculas, porque él encaja perfectamente en el enunciado antes mencionado. Según su biografía era un hijo ejemplar, estudioso, amoroso y obediente con sus padres, siempre quiso hacer la voluntad de Dios (virtud enseñada por su madre Doña Josefa). Su intento fallido de ser religioso lo llevó a exigirse a lo máximo en cuanto al servicio a los demás. Cumplidor a cabalidad de su profesión como médico y profesor universitario, investigador incansable. La muerte lo sorprende en un acto de caridad. Oración y caridad son pilares fundamentales para la salvación, y él lo hizo de manera callada, sin sobresaltos, sin publicidad, entendiendo que hacía la voluntad del Padre. Siguió al pie de la letra las palabras de Jesús: “Sean santos como mi Padre del cielo”, viviendo una vida sacramental. “Ora et labora” como el lema de San Benito de Nursia, dispuesto del corazón que lo hizo humilde y pequeño en los brazos de Dios, confiando en su bondad paternal como Santa Teresita de Lesieux. Modelo para nosotros lo católicos que andamos buscando lo extraordinario, en vez de seguir sus pasos, y como dice el Padre Emiro Suárez: “Si él pudo, yo también”. Con el Bautismo todos somos llamados a la santidad, que es la presencia de Dios reinando en el corazón del creyente, participando de las gracias necesarias que proceden de los méritos de Jesucristo, mediante el sacramento de la Iglesia. La Santidad es obra de Jesús pero Él no se impone, requiere de la respuesta libre del hombre. Quien ama a Dios desea responderle con todo el corazón, se esfuerza y persevera con la ayuda de la gracia para vencer las tentaciones que ofrece el mundo. Sigamos pues, con paciencia y perseverancia orando por la pronta beatificación del Venerable José Gregorio Hernández, para que de manera oficial la Iglesia declare lo que ya en nuestro corazón es una verdad: que él haciendo las cosas ordinarias extraordinariamente bien, pudo vivir una vida identificada con su Salvador, y que forma parte de esa Iglesia triunfante que alaba y bendice a Dios por la eternidad, junto a los ángeles y los demás santos.
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